¿Leer un libro significa haberlo comprendido?

Terminar un libro no significa necesariamente haberlo comprendido. ¿Cómo puede el profesorado saber qué está entendiendo el alumnado durante la lectura? Exploramos cómo hacer un seguimiento de la comprensión lectora, detectar dificultades y acompañar a cada estudiante sin convertir la lectura en un examen.

Un alumno/a termina un libro, reconoce los personajes principales, recuerda cómo acaba la historia y puede responder correctamente varias preguntas sobre lo que ha leído. Pero, ¿podemos afirmar que ha comprendido el texto? No necesariamente.

Uno de los grandes retos de la lectura escolar es, además de conseguir que el alumnado lea, saber que está comprendiendo lo que lee. Porque terminar un libro, recordar determinados datos o responder correctamente una actividad no siempre significa haber construido una comprensión profunda del texto.

He aquí una cuestión capital para el profesorado: ¿cómo hacer seguimiento de la comprensión lectora sin convertir la lectura en un examen?

Comprender va mucho más allá de recordar

Leer no consiste únicamente en decodificar palabras o recuperar información. Comprender supone construir significado: relacionar ideas, hacer inferencias, interpretar la intencionalidad del autor/a, conectar el texto con conocimientos previos, identificar contradicciones o entender información que no aparece de manera explícita.

Carlos Lomas define precisamente la lectura como una interacción entre lector, texto y contexto. Desde esta perspectiva, comprender implica algo más que localizar respuestas: exige poner en relación aquello que aporta el texto con lo que la persona lectora ya sabe, piensa o ha experimentado.

Dos estudiantes pueden, por tanto, terminar el mismo libro y haber construido comprensiones diferentes. Uno puede haber seguido perfectamente la trama, pero no entender determinadas motivaciones de los personajes. Otro puede captar el tema central, pero perderse en ciertos saltos temporales. Y alguien que aparentemente tiene menos dificultades puede haber realizado una lectura superficial sin llegar a cuestionar o interpretar lo que ha leído.

Por eso, hablar de comprensión lectora implica necesariamente hablar también de proceso.

Si comprobamos solo al final, llegamos tarde

Una de las formas más habituales de comprobar una lectura es hacerlo cuando el libro ya se ha terminado: una prueba, una ficha, un resumen o una actividad final. Estas herramientas aportan información, pero presentan asimismo una limitación evidente: nos cuentan qué ha ocurrido cuando la experiencia de lectura ya ha terminado.

Si una persona ha pasado buena parte del libro sin comprender determinadas ideas, personajes o acontecimientos, descubrirlo al final reduce enormemente nuestra capacidad de intervenir. Por eso resulta más útil pensar la comprensión como algo que puede observarse y acompañarse durante la lectura.

Pequeñas preguntas, conversaciones breves, comentarios espontáneos, predicciones sobre lo que puede ocurrir o conexiones con capítulos anteriores nos ofrecen mucha información sobre cómo avanza la comprensión. El objetivo no es controlar constantemente al alumnado, sino detectar cuándo necesita ayuda.

Saber qué preguntar durante la lectura

El seguimiento de la comprensión lectora no consiste en multiplicar las actividades durante la lectura. Guthrie y Wigfield señalan que el alumnado muestra una mayor implicación cuando percibe que el objetivo del trabajo es ayudarle a comprender, y no simplemente acertar las respuestas que espera el profesorado.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia considerablemente la experiencia lectora. No es lo mismo preguntar: ¿En qué ciudad tiene lugar la acción en este capítulo? que: ¿Por qué crees que el personaje decide marcharse de Barcelona? La primera pregunta permite comprobar información, la segunda obliga a interpretar, recuperar información anterior y justificar una lectura. Ambas son necesarias, pero hay que saber usarlas en el momento adecuado..

La conversación también permite comprobar la comprensión

No toda evaluación tiene que adoptar la forma de una actividad escrita. Hablar sobre lo leído es una de las herramientas más potentes para entender qué significado está construyendo el alumnado.

Lomas destaca precisamente el valor de la discusión colectiva o en pequeños grupos: escuchar interpretaciones diferentes obliga a recordar información, argumentar opiniones, detectar contradicciones y revisar la propia interpretación del texto.

Una pregunta tan sencilla como: “¿Qué te ha sorprendido de lo que acabas de leer?” puede revelar mucha más información de la que parece. También podemos preguntar:

  • ¿Hay algo que no hayas entendido?
  • ¿Qué crees que va a ocurrir ahora?
  • ¿Ha cambiado tu opinión sobre algún personaje?
  • ¿Qué parte te ha resultado más difícil?
  • ¿Por qué crees que el autor/a cuenta esto de esta manera?

No se trata de hacer todas estas preguntas cada vez que se lee. Se trata de disponer de diferentes maneras de hacer visible el proceso de comprensión.

Comprender también depende del texto

Cuando aparecen dificultades es fácil pensar únicamente en la capacidad lectora del alumnado. Pero no todos los textos exigen lo mismo. La estructura, el vocabulario, la extensión, el tema, los conocimientos previos necesarios o incluso el idioma de lectura pueden cambiar enormemente la dificultad.

Lomas recuerda que la enseñanza de la lectura debe tener en cuenta la claridad y coherencia de los textos y la adecuación de su léxico, sintaxis y estructura a los conocimientos y habilidades lectoras del alumnado.

Por eso, detectar una dificultad de comprensión no siempre significa que alguien “lee mal”. Puede significar que necesita más contexto, otra explicación, recuperar conocimientos anteriores o enfrentarse temporalmente a una lectura diferente. El seguimiento sirve precisamente para distinguir unas situaciones de otras.

Acompañar en lugar de comprobar

Aquí radica el cambio más importante. La comprensión lectora no debe entenderse únicamente desde la evaluación, sino también desde el acompañamiento.

Acompañar permite detectar dificultades, conocer mejor cómo lee cada persona y tomar decisiones: explicar un concepto, recomendar una lectura más adecuada, proponer un texto algo más exigente o simplemente iniciar una conversación.

De esta manera, la información que obtenemos deja de servir únicamente para comprobar si una lectura se ha realizado y empieza a ayudarnos a decidir qué necesita cada lector/a para seguir avanzando.

Y eso también cambia el papel de la tecnología y de las herramientas de seguimiento. Registrar lecturas, disponer de información sobre la comprensión o conocer la evolución del alumnado no debería tener como única finalidad producir una puntuación. Su verdadero valor aparece cuando esos datos ayudan al profesorado a detectar necesidades y tomar mejores decisiones.

Porque, al final, la pregunta realmente importante no es: “¿Ha terminado el libro?” Ni siquiera: “¿Ha respondido correctamente?” La pregunta es: “¿Qué está comprendiendo y qué podemos hacer para ayudarle a comprender mejor?”